viernes, 3 de mayo de 2013

Niños Triquis, los campeones descalzos


Con todas las circunstancias en contra: descalzos, malnutridos y habitando una región conflictiva, los niños de la sierra oaxaqueña han salido adelante a golpe de actitud y corazón. Una muestra de que los límites no existen.





Recostado sobre una colchoneta colocada en el piso de la Casa del Pueblo de Santa María del Tule, que no es más que un caluroso y amplio bodegón con cocina y baños, Kevin Hernández Hernández lanza una y otra vez el balón al aire. Junto a él descansa un pequeño trofeo dorado que lo acredita como el mejor jugador del último torneo que su equipo de niños de la región triqui de Oaxaca ganó en el norte del país y que les dio el pase para asistir a un torneo de la mismísima NBA en Orlando, Florida, el próximo mes de julio.

Kevin es un pequeño de piel morena curtida por las horas de Sol a las que ha sido sometido en sus jornadas laborales en el campo. A sus nueve años, este niño originario de un conflictivo pueblo triqui llamado El Rastrojo, sabe muy bien lo duro que es vivir en las montañas rodeado de pobreza y hambre. Sabe, también, que para sobrevivir hay que dividir un plato de frijol, una tortilla o, incluso, ir a buscar su propia comida a la montaña.

Pero el pequeño Kevin no es el único que es consciente aquí de ello. Casi todos sus compañeros vienen de la misma región, como su amigo Paulino Martínez. Los dos pertenecen al programa de la joven Asociación de Basquetbol Indígena de México (ABIM), la cual busca rescatar a los pequeños de la comunidad triqui de la pobreza y la violencia a través del conocido como “deporte ráfaga”, al tiempo que buscan reducir los históricos conflictos en los que se encuentra sumida desde hace años esa apartada región del noroeste del estado de Oaxaca.

Estos niños, forman parte del conjunto que se proclamó campeón y subcampeón en el campeonato Youth Basketball of America (YBOA) en su edición México, que se celebró en Monterrey, Nuevo León. Su profesor Sergio Zúñiga dice: “Los muchachos ganaron todos los juegos del torneo hasta que tuvieron que enfrentarse entre ellos en la final, la cual ganó el equipo A comandado por Kevin Hernández. Lo hicieron descalzos porque pidieron permiso al entrenador y al comité organizador del torneo”, dice Alfredo Martínez, uno de los entrenadores que hoy responden preguntas al grupo de reporteros locales que han venido a cubrir el desayuno, pero cuya historia va más allá de los reflectores.

A bordo de la caja de la camioneta que nos conduce junto a los niños del UDMILT a Santa María del Tule, ubicado a 10 kilómetros de la capital, donde se lleva a cabo el campamento, Guillermo me cuenta que de la mano de sus compañeros de la ABIM, ha tenido que recorrer los intrincados caminos de la sierra noroeste del estado para buscar a niños con aptitudes para jugar basquetbol. La tarea de Guillermo ha sido complicadísima, ya que el viaje para llegar de la capital del estado hasta comunidades como El Rastrojo toma alrededor de siete horas, más de lo que toma viajar de la ciudad de Oaxaca a la Ciudad de México.

El gran conflicto que sufre la zona triqui, con cerca de 25 mil indígenas, es principalmente por el poder político de San Juan Copala, quizá el pueblo y agencia municipal más importante de la región perteneciente al municipio de Santiago Juxtlahuaca. Ahí han tenido lugar sangrientos enfrentamientos entre grupos desde hace décadas, lo que ha causado que muchos pobladores emigren a la capital del estado, a otras entidades del país como jornaleros, al DF e incluso a Estados Unidos, donde se cree que se encuentra 10 por ciento del total de la población triqui.

No obstante, el entrenador pudo convencer a los líderes de que el deporte podía ayudar a mejorar las condiciones de vida de sus niños. “Para pertenecer al equipo los niños tienen tres condiciones —cuenta. La primera es que tengan 8.5 de promedio en la escuela; la segunda, que hablen su lengua materna, el triqui; y la tercera, que ayuden en las tareas del hogar. Esto ha ayudado a que los niños se motiven y comiencen a verse cambios significativos en ellos”.

Pero además, cuando los niños son seleccionados de sus comunidades saben que van a disfrutar de otra ventaja que para muchos otros no lo sería: comer bien. Durante la semana los chicos entrenan en su comunidad con otros niños y los fines de semana son concentrados en Santa Cruz Río Venado, situado en el Municipio de Constancia del Rosario, donde reciben buena alimentación; lo mismo durante las vacaciones, en los campamentos que hasta ahora han sido realizados en Huatulco, en el Estado de México y aquí en El Tule.

Existe una motivación extra para los pequeños: vivir experiencias nuevas que de otra forma no podrían experimentar, además de los viajes a la capital del estado a torneos deportivos dentro y fuera de la entidad. Gracias a una red de patrocinadores y donaciones, los niños reciben uniformes y calzado deportivo nuevo; Zúñiga me dice que es de lo más emotivo, porque muchos de ellos prefieren no usarlos para no desgastarlos y porque les salen ampollas en sus pies al no estar acostumbrados al calzado.


Una historia ejemplar, que debería de servir como una importante lección para todas aquellas personas que tienen opciones y recursos al alcance de la mano, pero utilizan excusas ridículas para no intentar hacer sus propósitos.








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